El pasado 3 de marzo en México, la periodista Carmen Aristegui entrevistó a Blanca Estela Lara, esposa de Marcial Maciel –fundador de los legionarios de Cristo- y a sus dos hijos Omar y Raul, los cuales describieron la forma en que su propio padre abusó sexualmente de ellos desde la edad de 7 años.
Fue una entrevista por momentos difícil, pero al mismo tiempo contundente respecto de la doble vida de Marcial Maciel. El reclamo de su familia se centró ya no en alguna petición de castigo para su padre, pues éste murió en enero de 2008, ni tampoco para la orden de los legionarios; su reclamo fue muy claro y directo hacia el papa Benedicto XVI, ¿seguirá el vaticano dando la espalda a las victimas de Maciel?.
El horror de todo esto no se centra sólo en la persona de Maciel, sino en la complicidad de Juan Pablo II, encubridor, cómplice, alcahuete, impostor y falso representante de Dios. Permitió que Maciel y otros tantos sacerdotes siguieran abusando y dañando a niños y jovencitos de parroquia en parroquia, de país en país.
Marcial Maciel fue un hombre sin escrupulos, si temor de Dios, sin dignidad. Pederasta, adicto, enfermo y degenerado, ese fue el verdadero fundador de una de las ordenes religiosas mas poderosas, ricas, influyentes y extendidas de la Iglesia católica en todo el mundo. Con presencia por dieciocho países, cuenta con 900 sacerdotes, 3,000 seminaristas, 70 mil miembros de la Asociación Regnum Christi (los legionarios laicos), y con importantes universidades (Francisco de Vitoria, en Madrid), colegios (colegio Highlands en Barcelona) y numerosas fundaciones.
De entre todos los logros de Maciel y los legionarios, destaca uno muy importante, su gran amistad con Juan Pablo II, logró ser el consentido del santo padre, el cual jamás movió un dedo para impartir justicia por todos los abusos cometidos. Al vaticano llegaron denuncias de propios legionarios y feligreses de México, Estados Unidos, Irlanda, Italia, Austria y España en donde señalaban los abusos sexuales cometidos en la organización del padre Maciel, el cual impuso un voto de sigilo a los miembros de la organización a fin de nunca decir nada, guardar silencio perpetuo de todo aquello que sucediera intramuros.
El horror de todo esto no se centra sólo en la persona de Maciel, sino en la complicidad de Juan Pablo II, encubridor, cómplice, alcahuete, impostor y falso representante de Dios. Permitió que Maciel y otros tantos sacerdotes siguieran abusando y dañando a niños y jovencitos de parroquia en parroquia, de país en país. Juan Pablo II fue un impostor de la voluntad de Dios y la doctrina de Jesucristo, para el fue más importante sostener a toda costa a un enfermo degenerado que le significaba dinero, poder e influencias, nada mas bajo y vergonzoso para un hombre que se dice ser representante de Dios en la tierra.
Benedicto XVI se encuentra en un momento crítico de su pontificado, tiene la oportunidad en sus manos de impartir justicia y ser recordado por mostrar humanidad y un mínimo sentido de cristianismo y justicia con las victimas de Maciel y los legionarios.
Ante las voces que piden la beatificación de Juan Pablo II, pesa y mucho, el hecho de que él fue cómplice de los abusos cometidos durante años. Fue un encubridor, solapó, protegió y participó del fruto de esos abusos.
Si Juan Pablo II llegase a ser “santo”, entonces será evidente el cinismo, falsedad e hipocresía de Benedicto XVI, al llevar a los altares a un pontífice cómplice del pecado.
La Iglesia católica y todas las existentes, ya deben de estar sujetas de una vez por todas a la justicia laica que se impone a la sociedad en su conjunto. Los abusos sexuales, de conciencia y de dinero, suceden en todas partes y nunca existe una justicia laica para castigarlas.
Es verdad, Dios todo paga y todo recompensa, pero sería bueno que los miembros de los poderes legislativos de todo el mundo, expidieran leyes que abarcasen a los abusos y delitos cometidos por los grupos eclesiales de todas las iglesias en todos los países.
Sacerdotes, clérigos, pastores, diáconos, ancianos, guías y todo cargo de tipo -ministro de culto religioso- debe de dar cuentas a la justicia terrena en un marco laico y no sólo al interior de su organización religiosa, por más grande o pequeña que pueda ser una iglesia o congregación, todo delito o abuso debe de ser castigado en esta vida y con leyes laicas en un marco social y humano. Ya basta de dejarle todo a Dios.